07 octubre 2009

Alegoría de los hechos

Se acomodó en el umbral de la puerta y se levantó el cuello de la campera, no hacía mucho frío pero estaba lo suficientemente fresco como para esconderse del viento. Dio una fuerte chupada a su cigarrillo negro y el humo inundó sus pulmones, resopló para expulsarlo mientras miraba hacia el lado del cruce, uno de los tantos que había a lo largo de la Avenida que con cinco carriles de ida y vuelta corría por debajo de este. La avenida circunscribía la ciudad rodeándola y separándola como los fosos separaban a los castillos medievales.
El cruce era un puente de peatones y vehículos sobre la Avenida y tenía, de este lado y del otro, sendas estancias de forma rectangular, con techo de tejas a dos aguas, grandes ventanales y el interior muy iluminado por grandes tubos fluorescentes. La luz con su resplandor aliviaba algo la casi total oscuridad de la cuadra en donde trataba de dormir un rato más. Cuando subían las cortinas se podía ver perfectamente a las personas que se hallaban dentro sentadas en sus escritorios charlando o escribiendo en las computadoras y que eran las encargadas de controlar el paso por el puente.
Tiró hábilmente el pucho del cigarrillo a la mitad de la calle, apretó contra su pecho el bolso azul y miró su reloj, faltaban veinte para las cinco. A las cinco y media abren el paso. Podrá cruzar y desayunar en el café de la esquina del puente, del otro lado, claro. De este no había nada de nada, solo edificios grises y oscuros, que parecían abandonados pero no lo estaban, y rodeado de muchos como el a los que no les daba ni el tiempo ni el dinero para volver a casa y que deambulaban de un lado a otro o trataban de dormitar acurrucados en algún sitio. Luego del desayuno tomaría el subte y el colectivo que lo dejaría cerca del taller, hasta la noche, cuando haría el camino inverso para volver a pasar la noche de este lado del cruce, como todos los días, de aquel lado no podía quedarse. Hasta el sábado, ese era el día del regreso, por al tarde tomaba el desvencijado colectivo y viajaba algo más de dos horas hasta su casa, donde lo esperaba su mujer y sus cinco hijos. Lo tomaba desde este lado del puente, de SU lado, que no es el otro, el otro es el de los otros, precisamente. Los que están a resguardo de los de este lado.