Entro al bar y con el clásico ademán de abrir el dedo índice y el pulgar le pido al mozo que me traiga un café, me paro frente al espejo de una columna y me acomodo el cuello de la camisa, paso las manos por el cabello para que no me quede sobre la frente y me siento en la mesa más próxima.
Un joven recorre las mesas del café ofreciendo a los parroquianos un retrato al instante por pocas monedas. Yo estoy esperando aburrido a mi cita, sentado a la mesa de ese café, acepto. El joven se sienta frente a mí y comienza a trabajar con carbonilla sobre un gran block de papel garbanzo blanco, tamaño oficio. El mozo me acerca el pedido y yo trato de no moverme para no dificultar la tarea y por casualidad descubro que, gracias al espejo que decora la columna donde me había detenido a observarme, en combinación con otro gran espejo que recorre a lo largo la pared a mediana altura, puedo observar perfectamente el trabajo del dibujante.
Después de unos minutos advierto con asombro que el dibujo va tomando la forma de una cabeza, con grandes ojos bien abiertos, mirando como con asombro, la piel muy pegada al hueso, y los pómulos sobresaliendo muy afilados hacía afuera. Las sienes adornadas con hilos de fino cabello blanco, que caen sin ninguna gracia a los costados, la boca con unos finos labios que dejan ver unos dientes desparejos y asentada sobre algo parecido a hueco. Horrible, debe haber un error, ¡acabo de verme en el espejo!. Luego escucho a un grupito de parroquianos que se ha reunido, de pie, alrededor del dibujante, mientras miran alternativamente al dibujo y a mí moviendo la cabeza de arriba a abajo, comentar con admiración el parecido.
Comienzo a transpirar sin poder evitarlo, pero no me atrevo a decir nada, me limito a retorcerme las manos. Estoy casi paralizado por lo que veo, haciendo un esfuerzo me levanto y dejando unos pesos sobre la mesa, huyo corriendo del lugar.